No se vende (2ª entrega)


A lo largo de las paredes laterales se extendían dos sólidas bibliotecas cubiertas por ese peculiar tinte
que el tiempo deja en los muebles abandonados. Tal vez debiera haberlas llamado estanterías pues su función no era, y no debía haberlo sido nunca, la de almacenar libros. En vez de estos estaban colocadas, con un desorden que parecía provocado, las más extrañas máscaras. Conozco lo suficiente acerca de los rituales mágicos del Méjico supersticioso y creí reconocer algunas dedicadas a extraños ritos fálicos: murciélagos, cabras y otros animales se fundían para dar cuerpo a imaginarios seres con obscenos fines. Otras, en cambio, jamás las había visto y no creo, tampoco, que deba ni quiera volver a ver.

Mientras observaba a estas últimas fue cuando me di cuenta: no era yo el único ser vivo en la casa y, desde luego, no había visto ni oído entrar a nadie después de haberlo hecho yo pues la puerta lo habría delatado. He dicho ser vivo y creo que ha sido, más bien, para tranquilizar mis miedos, que ya comenzaban a invadirme, sumiéndome en un estado de febril excitación.

Desde el piso superior llegaba hasta mi un rumor apagado por los gruesos muros, una especie de cántico monótono que no logró si no aumentar más la tensión en la que me encontraba. Noté que mis manos comenzaban a impregnarse de un sudor frío y un escalofrío me recorrió, alterando todo mi sistema nervioso. No sabía que estaba haciendo en ese lugar pero desde luego este era el momento de irme. Ya me dirigía hacia la puerta cuando el canto varió, repentinamente, su tono. Este comenzó a oscilar de unas notas extremadamente graves a otras más agudas, con más fuerza a medida que aceleraba su ritmo. Parecía una llamada pero...¿a quién? O, ¿a qué?. No debería querer averiguarlo. Aún así, movido por la curiosidad o por algún otro impulso, comencé a subir las escaleras. El cabello de mi nuca se estaba erizando y mi corazón empezó a latir a un ritmo más y más frenético; mi sistema de alerta me indicaba que ese no era mi camino, que debía regresar, subir al coche y proseguir mi ruta. Como supondrás, eso es exactamente lo que no hice. Continué ascendiendo las escaleras y me encontré ante la puerta de la que parecía surgir aquel sonido, que ya había retornado a su monotonía primera. Y, de repente, cesó.

Como si ese hubiera sido el único motivo que me había hecho llegar hasta allí, di media vuelta y me dispuse a bajar de nuevo, abandonando la idea de averiguar el origen de aquel extraño fenómeno. No llegué a descender ni un peldaño. Me quedé allí, desconcertado, observando el piso inferior. Algo había cambiado en la sala y no conseguía apreciar muy bien el qué. Entonces me di cuenta. Las dos grandes figuras aladas, que dirigían su mirada hacia la puerta, lo hacían ahora en dirección a la parte superior de la escalera o, más concretamente, hacia mi. Yo ya no sentía miedo, era presa de un auténtico terror. A duras penas, conseguí retroceder hacia la puerta que había dejado a mis espaldas y, con mano temblorosa pero sin dejar de observar a los dos guardianes, giré el pomo y entré en la habitación.

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